Las adversidades
¡Oh Hijo del Hombre!
Mi calamidad es mi providencia, aparentemente es fuego
y venganza, pero por dentro es luz y misericordia. Corre hacia ella para que
llegues a ser una luz eterna y un espíritu inmortal. Ese es mi mandamiento para
ti, obsérvalo
Las Palabras Ocultas, Bahá’u’lláh
Las
adversidades son maravillosas, en muchas partes eso está escrito. ¿Pero verdad
que cuando vienen, muchas veces perdemos la cordura y decimos y pensamos
insensateces? Las adversidades vienen precisamente para eso, para que podamos
ver nuestra oscuridad, aunque no siempre es así, a veces, hay seres luminosos
que ofrecen sus vidas para mostrar la oscuridad del mundo e iluminarlo con su
ejemplo y sus palabras. Pero este artículo trata de los seres como tú y como
yo, en quienes abundan las impurezas y los errores.
Quizás te ha
pasado, que alguien hace algo injusto contra ti y te hierve la sangre, los
versículos sagrados se te olvidan y aparece la rabia, la indignación y la
rebeldía. O quizás sobreviene sobre ti una perdida, de algún bien material, un
problema de salud o la perdida de algún ser querido, y entonces se te olvida el
desapego y la ecuanimidad. Esto no es para juzgarnos, sino para ver cómo podemos
gestionar estas situaciones, de manera tal que seamos librados prontamente de
estos estados que perjudican nuestra relación con nuestro Bienamado.
Hasta cierto
punto, es natural y necesario que surjan en nosotros emociones y pensamientos
negativos, si nos estamos purificando esas impurezas tienen que atravesar los
portales de nuestra mente, el proceso a veces es doloroso, pero sabemos que es
sanador. Después de librar una prueba nos hacemos más sabios, más pacientes,
más misericordiosos y compasivos. Pero cuando estamos en la tormenta se da una
especie de lucha entre el bien y el mal en nuestro interior, y este proceso nos
lleva, si lo permitimos, a ver la piedrita que ya estaba en nosotros, y que la
situación sencillamente la hizo salir.
Cuando
tenemos esta consciencia, entonces vemos a nuestros ofensores con gratitud,
pues de lo contrario no hubiésemos podido ver la oscuridad que yacía en nuestro
interior. Ninguno de nosotros es sometido a nada para lo cual no esté preparado
para afrontar, pues no existe posibilidad alguna de que Dios someta a sus
criaturas a cargas sabiendo de antemano que no podrán con ellas, salvo que un
propósito que escapase a nuestra comprensión, esté implicado. Es verdad, que
cuando surge el problema sentimos que es insoportable, que es injusto, que no
podemos, que es terrible. Y a veces, la prueba conduce a sufrimientos
innecesarios, creo que la causa de ello es no poner de nuestra parte. ¿Y qué es
eso? Además de no usar los recursos que nuestro Padre nos ha dado (oración,
meditación, sus Palabras, el servicio, nuestros seres cercanos, entre otros), no
ser pacientes y no confiar plenamente en nuestro Dios.
Pero hay
algo más. Veo dos cosas: una es el reconocimiento de nuestra ignorancia, que
nos conduce a ver la causa de nuestro sufrimiento en el exterior. Según S.N
Goenka, el maestro de meditación Vipassana, cuando una persona ha llegado hasta
cierto punto en el cultivo de la sabiduría interior, se hace consciente de que
es 100% responsable de todo cuanto experimenta. Sin embargo, para muchos de
nosotros no está al alcance ver eso con nuestra propia visión, sin embargo, lo
que si podríamos ver es esto: somos plenamente responsables de todo cuanto
experimentamos al nivel de nuestra mente, digamos que no somos responsables de
lo que nos hacen los demás, pero si podemos desarrollar la maestría de no ser
marionetas de las circunstancias y de nuestros semejantes, cuando estos, nos
hacen cosas que nos afectan.
Veamos, si
nos hacemos con la certeza de que todas las pruebas son para nuestra
purificación, entonces tendremos, posiblemente, una mejor actitud frente a
ellas, quizás al principio nos revuelquen y se nos olvide todas las cosas
sabias que hemos aprendido ¿Pero no es esto también maravilloso? Estas
situaciones nos hacen más humildes y nos enseñan cuanto camino nos queda por
recorrer. También nos confrontan con la imagen que hemos fabricado de nosotros
mismos, porque cuando nos enardecemos de cualquier sentimiento negativo lo que
ocurre es que algo o alguien ha afectado al “yo idolátrico” al que le rendimos
culto y que nos aparta de Dios.
Entonces ¿No
es una bendición que una tormenta arrase con las imágenes talladas de nuestra
mente? Bienvenida sea la tormenta dice Goenka, pues después de ella viene la
calma. Avancemos, hay un secreto que yace en el fondo de la indignación, y es
que muchas veces, por no decir todas para no herir el ego de nadie, somos
cómplices de nuestras tribulaciones, muchas veces somos los artífices de
nuestras tragedias, por no decir todas para no herir el ego de nadie. Pero como
todo esto ocurre bajo un estado de inconsciencia, entonces pensamos que algo
externo no está dañando.
Es como
alguien que sin darse cuenta esconde algo, y luego no lo encuentra, y como no
lo encuentra piensa que le han robado, y empieza a blasfemar contra los
sospechosos hasta que ¡plum!, encuentra la cosa y se muere de vergüenza. Pero
en este punto lo mejor es no cultivar la vergüenza, hasta cierto punto la misma
puede ser saludable, pues da cuenta de arrepentimiento sincero y humildad. Pero
si nos refugiamos en ella cultivaremos el sentimiento de culpabilidad, y lo que
estaremos haciendo es construyendo otra imagen tallada que sustituya a la
imagen que ha sido afectada o derrumbada. Y así el proceso comienza de nuevo,
un círculo vicioso infernal.
Más bien,
confiar en el perdón de Dios, quien todo lo perdona a aquel que con el corazón
se arrepiente, nos puede ayudar a sanar de estos círculos viciosos que hemos
estado cultivando durante incontables vidas. Quizás, si tenemos presente estas
cosas, con el pasar de las experiencias llegaremos a un estado en el que
veremos nuestras pruebas como una bendición desde el momento en que acaecen.
“¡O mira, hay odio aún en mi corazón!” “¡Oh mira, hay aún envidia e
intolerancia en mi corazón!”. Cuando tenemos heridas infectadas el pus tiene
que salir, y con el favor de Dios, todas nuestras heridas sanarán, y así, plenamente
sanos y libres de heridas, estaremos llenos de gozo, devoción y paz. ¡Alabado
se Dios! quien nos libra de todas nuestras pruebas y nos sana de todas nuestras
impurezas.
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